Cuántas veces habría recorrido el borde de tus labios como penitencia por haberme atrevido a mirarte a los ojos.
Tantas disculpas como almacené en el museo de los perdones negados.
Incontables las visitas al pedestal de tu altar para limpiar mis besos a tus pies.
Y mírate hoy. Perdida en el espesor del aburrimiento, en ese horizonte llano, de días idénticos, de jornadas de familia tan ideal como falta de aventuras.
Y ahora eres tú la que me llamas a un teléfono con tonos de canciones antiguas, hablándome de avenidas por las que paseábamos cogidos de la mano y que hace años convirtieron en líneas de tranvía.
Intentando resucitar un pasado que fue falso incluso entonces.
Al parecer aún no has comprendido que las lágrimas como la lluvia, nunca vuelven al lugar del que salieron, y que las súplicas rechazadas se transforman en orgullo, en puertas cerradas, en murallas frente al ataque de la nostalgia, en atalayas desde las que ver el futuro, en paredes a nuestra espalda para que no volvamos al pasado.
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