lunes, 21 de agosto de 2023

A Joanne.

 ...a Joanne.

Por ser una nómada de los sentimientos, una vagabunda que ha recorrido las llanuras del vacío, los bosques de la indiferencia y un corazón que se asomó a los precipicios de la desesperación.

Eres la que busca el final del camino esperando encontrar la paz, premio prohibido para los que jugáis de manera cínica con el amor de los otros como mercaderes del placer, como mercenarios del querer.

Distancia.

 Estás a años luz de mí y te querría a mi lado. Me gustaría contemplar tus caderas mientras retiro lentamente la sábana blanca que aún cubre tu cuerpo desnudo.

No me perdería ni una sola de las curvas que dan forma a la belleza de tu ser. Ni el rincón más íntimo de ti quedaría sin ser visitado por el calor de mi deseo.

Quiero que tu olor me rodee, como un abrazo invisible que permanezca cuando te hayas marchado de mi mente, un perfume hecho de esencia de soledad y esperanzas de reencuentro.

La crueldad del Destino une y separa, decide placeres y pesares, elige a quién y cuándo, dejando que seamos meros espectadores del tren que pasa por la lejanía de nuestras vidas.

Es el encanto de lo imposible, la ensoñación de lo irreal.

La fantasía de lo querido es la ilusión de los perdedores, la apuesta de los seguidores de lo imposible.

Deseo

 Y recorro la ciudad sin rumbo, buscándote, aunque sé que ya jamás te encontraré. Me quedo mirando aquella esquina, en la que con la protección de la madrugada te apretaba entre mi pecho y la pared, subiéndote la falda para acariciar tus piernas mientras dejabas que la serpiente que habita en mi boca, buscara tu lengua en la tuya para devorarla.


En aquel tiempo aún eras mía, de la única forma que se puede pertenecer a alguien cuando se está enamorado: sin límites, sin compasión, dejando que tu amante te posea hasta que el placer te robe el conocimiento, hasta el momento en el que ya no hay mente, sólo cuerpo, cuando los sentidos son los únicos presentes, cuando no hay más que olor a lujuria y el tacto se vuelve terciopelo, el sabor es de mujer y la garganta ya no sabe de palabras, sólo de gemidos, cuando la vista ya no cuenta porque los ojos se han cerrado simulando la muerte, una que nos lleva por un instante al Cielo del deseo satisfecho.