y para qué más palabras, si mis lágrimas son tus desprecios, si llega la hora de cierre en tus párpados cada vez que me tienes enfrente.
y aquí sigo, mirando la puerta de tu casa cada vez que paso por tu calle, sabiendo que dentro ya no están los encuentros furtivos de los mediodías de verano, ni las caras formales de las noches de mesa camilla.