miércoles, 16 de mayo de 2018

Tú, que amasaste la forma de mi corazón desde la sonrisa del día en que te conocí, hasta el signo de interrogación de cuando te marchaste.

Me veo aquí sentado, mirando pasar nubes de recuerdo a través del cielo de mis años, y en cada una puedo reconocer algún detalle que me trae tu cara a este barco perdido en el que se ha convertido mi mente.

Tampoco me da descanso este viento frío de principios de otoño, que me lleva a buscar calor dentro de mi ropa, aunque sé que lo que hago es volver a la sensación de oír el sonido de tus llaves al abrir las puertas de casa.

Preludio de tu presencia que se sabía en todas las habitaciones aunque no hablaras, como si tu espíritu fuera lo que le faltaba al mundo para no convertirse en simple vacío.

Esas mismas habitaciones que antes estaban llenas de sonrisas paradas en el tiempo, como catálogos de momentos de nuestra vida en común, y que ahora se quedan en simples objetos para llenar cajas de mudanza.

Ahora que te has ido, has dejado un hueco en la escalera de mi existencia, un no comprender cómo llegué hasta aquí, un parpadeo que de repente pone ante mis ojos dos realidades distintas, el ayer de mi brazo sobre tus hombros, y el hoy de mis manos perdidas en mis bolsillos.

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