Eres la dueña de mi noche, la reina de mis miedos.
Tú manejas mi existencia desde la profundidad de lo imperceptible.
Determinas qué soy o dejo de ser, como la trasera del espejo, que en su oscuridad y desde su escondite, decide quién existe en su reflejo.
Eres el viento que mueve las hojas, el aire que sostiene los pájaros, la gota de lluvia que moja la cara sin que ni siquiera la veamos caer.
Así manifiestas tu poder sobre mi, sin que se logre percibir.
Me haces prisionero de tus caprichos, sin necesitar celdas ni cadenas, soy yo mi propio carcelero, es mi deseo de ti la mejor de las llaves.
Tú ganas en vanidad lo que yo malgasto en tiempo, cara moneda con la que pago la ilusión absurda de tus sentimientos hacia mi.
Te has hecho mar, desierto, inmensidad al fin, en la que abandonas mi vida, negándome mi mundo anterior para convertirme en un habitante más del tuyo, en otro pasajero sin nombre de tu inexistente corazón, otro condenado que añades a la soledad de una de tantas estancias de las que está hecha tu alma.
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